viernes, 11 de mayo de 2012

Sindrome paceño


Revisando unos documentos, encontré esta definición: “El terrorismo es un método productor de ansiedad basado en la acción violenta repetida por parte de un individuo o grupo, en los que los blancos directos de la violencia son elegidos al azar  y usados para lograr objetivos idiosincráticos, criminales o políticos”.
Cuando estamos enfermos y no se nos permite recibir la atención medica por la que cada mes pagamos mediante descuento en nuestro salario ¿No estamos siendo blanco de un grupo organizado que nos usa para lograr sus objetivos?
Cuando necesitamos ir a trabajar y no sólo nos niegan el transporte, sino que impiden la circulación de nuestros vehículos privados, nos amedrentan con chicotes y nos obligan a caminar, faltar, incumplir, cerrar… ¿No nos están haciendo víctimas deliberadas de violencia para lograr sus objetivos?
Estamos tan acostumbrados a ser blanco de quienes bloquean, protestan, marchan, paran o se manifiestan que ya no percibimos que estamos siendo tan ultrajados, retenidos e impedidos de hacer nuestra voluntad como las víctimas de formas más tradicionales de secuestro. Somos clásico ejemplo del Síndrome de Estocolmo: una curiosa reacción psíquica – que recibe su nombre de un renombrado caso de secuestro en Suecia – que consiste en una relación de complicidad que desarrolla la víctima de secuestro con sus captores, al punto de terminar ayudándolos a alcanzar sus fines.
Resulta incluso aterrador comprobar que el Síndrome de La Paz está tan arraigado, que al comentar nuestra situación en la cola del banco, en el taxi o en la oficina solemos culpar de nuestras miserias al “gobierno”, olvidando que quien nos secuestra y aterroriza es un grupo que tiene generalmente al “gobierno” como antagonista en sus pedidos. Estamos, entonces, alineándonos con los terroristas y alentando el cumplimiento de sus objetivos, creyendo tontamente que una vez obtenido lo que quieren nos dejarán libres.
Lo que olvidamos es que siempre habrán nuevas demandas y nuevos secuestradores. Lo que olvidamos es que el terrorismo es un método de lucha que no se agota  en un solo objetivo, sino que inventa cada vez nuevas demandas con el fin de multiplicar sus victorias. Lo que olvidamos, la mayoría de las veces, es que nosotros mismos somos terroristas en potencia: si defendemos los métodos de quienes nos secuestran, si nos dejamos convencer por la violencia, si caemos nosotros también en la tentación de bloquear y amedrentar para lograr nuestra propia agenda.

viernes, 27 de abril de 2012

La importancia de llamarse cuerdo


Debido al tráfago de marchas, emparedamientos, crucifixiones y bloqueos alrededor de mi casa, he decidido por mi sanidad mental escribir esta semana sobre un juicio que tiene lugar a miles de kilómetros de distancia.
Es un juicio inusual, porque no está en discusión si el acusado es culpable o inocente. El acusado - el noruego Anders Breivik - se declara responsable por la muerte de 77 personas a las que asesinó de frente, mirándolas a los ojos, con balazos certeros en la cabeza. El acusado dice también, sin pestañear, que lo haría de nuevo. Que sus acciones estuvieron basadas en la necesidad de defender su patria contra la inmigración y el multiculturalismo; que los asesinatos son “un pequeño acto de barbarie que irá a prevenir una barbarie mayor”.
Lo que se discute realmente en este juicio es si el acusado está loco, o cuerdo. Si lo declaran cuerdo irá a una prisión modelo del modelo de país que es Noruega, por un término máximo de 21 años. Si lo declaran loco irá a un hospital psiquiátrico, también modelo, pero no es posible saber por cuánto tiempo.
Es una situación difícil. Si se declara loco a Anders Breivik sus acciones quedan justificadas por el ataque psicótico que las provocó, mientras sus ideas ultranacionalistas quedan descalificadas como delirios sin fundamento. Si se lo declara cuerdo sus acciones serán castigadas en toda su real dimensiónn, pero sus peligrosas ideas quedan reivindicadas como válidas.
Breivik, por supuesto, prefiere ser declarado cuerdo.
¿Está loco o cuerdo quien mata por una idea, por una nación, por un odio o por un principio?
Si se declara loco a Breivik, se está declarando loco también a todo soldado que es aleccionado para cometer pequeñas barbaries que evitan barbaries mayores; que es entrenado para matar defendiendo su patria de un enemigo que – casi siempre – es tan aleatorio y conveniente como podrían ser “la inmigración” y “el multiculturalismo”.
Si lo declaran cuerdo, estarán abriendo las puertas para que desde prisión siga siendo un héroe y un mártir. Además, el sistema penal noruego es muy benevolente con los criminales, dándoles no sólo libertad de comunicación con el exterior sino facilidades para ello. Esas leyes no pueden cambiarse sólo por un individuo. Breivik tendrá total libertad para seguir expresando sus ideas de odio durante los 21 años que dure su presidio.
¿Loco o cuerdo? ¿Cuál es el veredicto más justo?
Ni leyendo en coca lo sabremos.

viernes, 13 de abril de 2012

En un lugar de Mac Hondo


El bus avanzaba impávido por la carretera, hasta que una hilera de carros trancados lo detuvo. Las cabezas se asomaron por las ventanillas: un bloqueo.
Un grupo de ochenta, a lo sumo cien comunarios, formaba una compacta muralla atravesando el asfalto de extremo a extremo. ¿Quiénes son? ¿Qué quieren? se preguntaban todos, como es común en estos casos.
Un compás de espera, a ver qué pasa. Luego se forma una comisión de pasajeros, que irán a conversar con los bloqueadores y ver cómo solucionar el asunto.
Resulta que el bloqueo era en demanda de mayor seguridad ciudadana y una justicia más correcta y expedita. La comisión de pasajeros no tuvo otra que asentir: es un pedido justo, urgente y necesario. Pero igual nosotros necesitamos llegar a destino.
Se necesitan más policías en las zonas rurales. ¡Cierto!
Se necesitan jueces probos. ¡Por supuesto!
Se necesitan fiscales que trabajen. ¡Claro!
Se necesitan mayores recursos para investigar los crímenes. ¡De acuerdo!
Hace falta una Ley o un Decreto que nos garantice todo esto. Mientras tanto, no levantamos el bloqueo.
De la comisión de pasajeros surge rápidamente un voluntario. Alguien busca papel y lápiz. Aparece un abogado. Con el papel apoyado en el capó del bus, se escribe rápida y entusiastamente un Decreto. ¿Acaso una Ley no es mejor? ¡Que sea Ley entonces!
Cuando el dirigente de los comunarios recibe de manos de la comisión su ansiada Ley, se queda helado. Agradece el gesto de solidaridad, pero ustedes no tienen potestad para promulgar una ley, ni siquiera un decreto. ¿No podemos? No. ¿No está en nuestras manos resolver su demanda? No. Entonces… ¿por qué nos bloquean a nosotros?
Largo silencio.
Atrás, en la carretera, se seguían agolpando los vehículos bloqueados.

viernes, 30 de marzo de 2012

El "gesto"


Hay gestos, gestos y también, gestos.
Esta semana vimos el gesto de un alcalde.  Un gesto grotesco, prepotente, machista, soez, cobarde. El gesto de quien está acostumbrado ya a decir y hacer todo tipo de desmanes, y ser disculpado con la sonrisa paternalista de quienes creen que “así es él” y por tanto todo debe perdonársele. “Es que está loco”, dicen. “Es parte de su encanto”. “Así fue siempre, y a pesar de ello (o talvez debido a ello) votamos por él”. Es como un bufón travieso, del que todos se ríen aunque su gesto sea ofensivo, brutal, humillante.
Lo que preocupa es que el “gesto” del alcalde - y las miradas burlonas de hombres y mujeres que fueron testigos impávidos, a centímetros de distancia, siendo por eso tan culpables como el Alcalde - nos dicen mucho de una sociedad que, a fuerza de hacer de los cuerpos de las mujeres fetiches, las ha convertido en blanco fácil de ‘gestos’ de este calibre.
Mi solidaridad con la víctima del gesto, pues no falta quien la acusa de permisividad por no haber reaccionado en el instante. ¿Reaccionar, cómo? ¿Poniendo en evidencia pública y televisada su humillación y vergüenza? ¿Cuántas mujeres no hemos pasado por una situación parecida? En la calle, mientras caminábamos distraídas. En una discoteca o un concierto, en medio de la multitud apretada. En el micro. En la fila para tomar un transporte. ¿Cuántas hemos reaccionado con el sopapo que algunos reclaman ahora de la víctima del alcalde? Quizás algunas. Pero la mayoría se calla y disimula, porque el “gesto” es humillante, y lo último que una quiere es publicitar el momento y generar más miradas, que multiplican la humillación por el número de ojos que observan.
Por eso el “gesto” del alcalde es aun más patético y cobarde. Porque de forma cínica y calculada se realizó en público, frente a las cámaras de televisión y, para colmo, en un momento en que la víctima hacía uso de la palabra frente a una audiencia. No, este no es el gesto de un loco senil: es una calculada maniobra para demostrar poder en un momento de debilidad política. Es el gesto torpe, malintencionado, despiadado, ofensivo y denigrante de un político que busca desesperadamente demostrar que, todavía, él manda en su alianza política, en su ciudad y en sus concejales. Puede parecer una forma enferma de demostrarlo, pero no lo es: no en una sociedad donde los cuerpos de las mujeres venden todo lo vendible.

viernes, 16 de marzo de 2012

Fiebre de sábado por la noche


No es la primera vez. Hace no mucho, un grupo de soldados orinaba sobre los cadáveres de los “otros”. Poco después, otros soldados quemaban un lote de libros sagrados para la religión de los “otros”.
Más recientemente, un soldado salió de su cuartel un sábado por la noche. Armado hasta los dientes fue a los poblados cercanos y empujó las puertas de las casas mientras sus habitantes dormían. Sólo sobrevivieron los afortunados que tomaron la previsión de asegurar las puertas antes de ir a acostarse. El soldado entró en las casas de aquellos que dejaron sus puertas abiertas. Sacó a “los otros” de sus camas, los arrastró afuera, les disparó entre los ojos, les echó gasolina, les prendió fuego. Nueve niños y seis adultos murieron de esa manera.
Y aun hay quienes sienten lástima por el soldado asesino, y lo justifican.
Dicen que es la cuarta vez que va a la guerra. Dicen que es un buen padre y un amantísimo esposo. Dicen que fue herido varias veces en combate. Dicen que la guerra lo volvió loco. Dicen de todo.
Lo que no dicen es que para ellos, y para todos sus compatriotas, la vida de “los otros” no vale nada. Les han enseñado desde niños que ellos son los héroes de todas las historias. Que son dueños del mundo, que son gendarmes del planeta. Están tan llenos de superioridad, de odio y de ignorancia, que unos cuantos “otros” más o menos no le afectan en nada. Aunque sean niños. Aunque sean campesinos que dormían un sábado por la noche, en sus propias casas.
Un internauta escribía que la muerte de 16 campesinos esa noche de sábado era irrelevante, si se comparaba con los millones de japoneses que murieron en otra guerra, cuando los gringos decidieron usarlos para probar la efectividad de su bomba atómica. Y es cierto. Para ellos todos somos “otros”, y somos por tanto dispensables, orinables, quemables, matables. Una noche de sábado es, para ellos, tal como una tarde de martes.

viernes, 2 de marzo de 2012

Bolivia de noche


Iba manejando por la ciudad, en una calle oscura pero céntrica, cuando el semáforo le cambió a rojo. Apretó el freno y esperó.
No pasaron cinco segundos, antes de que la luz del semáforo volviera a cambiar, y las dos puertas delanteras de su vehículo se abrieron. Dos personas se metieron a su carro. Uno lo empujó de un fuerte tirón del volante. El otro lo golpeó. El semáforo cambió a verde y el auto volvió a moverse, como si nada hubiera sucedido. Avanzó por la calle, volteó hacia una vía menos iluminada, siguió hasta un callejón. Allí se detuvo. Una puerta se abrió y un cuerpo inerte cayó de la vagoneta a la calzada. La puerta se cerró y el auto se fue, por poco arrollando al conductor en su huída.
En otra calle, una mujer fue abordada en la puerta misma de su casa. No le robaron, pero la golpearon salvajemente. Nadie sabe porqué, pero algunos comentan por lo bajo que no es la primera vez que algo así sucede. No hace mucho, en la misma zona, golpearon a otra persona sin robarle nada. Lo único que ambos tienen en común es que aman a alguien de su propio sexo.
El conductor que fue asaltado siente ahora que todo fue su culpa. No debió salir esa noche. Debió tomar un radio taxi. Debió asegurar las puertas. Debió pasarse el semáforo. Nadie es digno ya de moverse por las calles. Nadie es digno de trabajar hasta tarde. Tomar un minibus es equivalente a jugar a la ruleta rusa. Tomar un taxi es llamar a la desgracia. Caminar de noche es irresponsable. Manejar un auto y detenerse en el semáforo es el colmo de la mala suerte.
¿Qué debemos hacer, entonces? ¿aceptar y cumplir un toque de queda dictado por la delincuencia? ¿vivir en el miedo, en la coerción, la violencia? ¿cómo nos movemos de noche, si es igual de peligroso caminar, tomar minibus, tomar taxi, manejar nuestros carros, detenernos en los semáforos?
Quizás a la caída del sol deberíamos, como vampiros, meternos en un féretro y olvidarnos de que el mundo puertas afuera existe. Así habrán ganado ellos. Y nosotros, habremos muerto.

viernes, 3 de febrero de 2012

Vuelta a la escuela


Finalmente comenzaron las clases. Para los padres de familia quedó atrás la búsqueda de un colegio, con sus noches a la intemperie y sus días de espera en interminables colas; con sus engorrosos, onerosos y muchas veces discriminatorios procesos para asegurar una plaza, un pupitre, un espacio que garantice la educación que deseamos para nuestros hijos.
Probablemente ya a estas alturas haya parado el llanto de los chiquititos, que entraron por primera vez a un mundo donde jugar es menos permitido. Y ahora viene una nueva preocupación: ¿Estará seguro? ¿habrá quien lo conduzca a su aula, quien lo consuele si se lastima, quien lo proteja de los jalones, los golpes y los insultos?
Y viene también el diario ajetreo: a qué hora suena la alarma, cuánto nos toma vestirnos, desayunar, conseguir transporte, que no haya bloqueos o trancaderas, que los chicos – y sus padres, también - puedan llegar a tiempo y sin contratiempos.
A partir de ahora nuestros niños pasarán una considerable parte de sus vidas en las aulas y patios de sus escuelas, bajo la supervisión de directores, maestros, secretarias, regentes, porteros. ¿Son todas estas personas aptas, confiables, decentes, amables?. Los municipios, las juntas de vecinos y las asambleas de padres dedican mucho tiempo y recursos en solicitar y asegurar infraestructura para las escuelas, pero ¿quién se ocupa de dotar a nuestros hijos de un entorno libre y humano? ¿quién evita que los coarten, que los obliguen, que los humillen, que los repriman, que los conviertan en meros apellidos en una lista?
No importa si nuestros niños van a escuelas públicas o a privadas, el inicio de clases nos trae otra preocupación, no tan urgente, cotidiana o acuciante pero talvez mucho más esencial e importante. ¿Estará mi hija aprendiendo algo útil? ¿estarán sus maestros enseñándole, además de las letras y los números, actitudes, reacciones, defectos, valores?. ¿Será el contenido de los programas educativos el más adecuado, no sólo en cantidad y selección de información, sino en punto de vista y enfoque? ¿estarán concientes los maestros de que sus palabras y acciones determinan muchas veces la relación de nuestros hijos con las ciencias, las artes, los números, los libros, los deportes? ¿sabrán que sus reacciones ante los aciertos y errores de nuestros niños pueden darles alas, o amputárselas para siempre?